San José Costa Rica, jueves 30 de julio de 2026. Hay trayectorias que no se miden por la cantidad de películas realizadas ni por los premios obtenidos, sino por la capacidad de transformar un paisaje cultural. Son vidas que alteran el curso de una disciplina y, con el tiempo, la manera en que un país se piensa y se representa. Como una piedra que cae al agua, su impacto continúa mucho después del primer contacto.
En la Costa Rica de mediados del siglo XX, el cine era más una aspiración que una industria. No existían escuelas especializadas, fondos permanentes ni una infraestructura capaz de sostener la producción nacional. Hacer una película implicaba inventar, al mismo tiempo, las condiciones para hacerla posible.
En ese contexto se desarrolla la trayectoria de Óscar Castillo Herrera, homenajeado del 14º Costa Rica Festival Internacional de Cine (CRFIC14): actor, director, productor y gestor cultural cuya obra atraviesa algunas de las transformaciones más significativas del teatro y del cine costarricense. Su historia no solo acompaña el nacimiento de una cinematografía nacional; contribuye decisivamente a construirla.
Su recorrido dialoga con la idea que estructura su libro Círculos concéntricos: la vida como una sucesión de ondas que parten de una experiencia individual para alcanzar dimensiones colectivas.
Primer círculo
La infancia como origen de la mirada
Antes del teatro y antes del cine está el barrio.
Una infancia marcada por la libertad de caminar la ciudad, los ríos, los juegos y el contacto cotidiano con un entorno que todavía podía descubrirse a pie. Allí comienza a formarse una manera de observar el mundo que más tarde encontrará en el arte su lenguaje.
En ese universo familiar aparece una influencia decisiva: su madre, enfermera y profundamente comprometida con el servicio a los demás. De ella hereda una ética que, con los años, se convertirá en una forma de entender la creación artística.
"Ella era una mujer totalmente dedicada a ayudar a los demás… quizá de ahí me viene a mí ese compromiso social del arte."
Desde ese origen, el arte no surge como una búsqueda estética aislada, sino como una extensión natural de una responsabilidad hacia los otros.
Segundo círculo
El teatro como escuela
El primer gran movimiento ocurre en el teatro.
Castillo se forma en la escena universitaria en un momento en que las artes escénicas constituían uno de los pocos espacios profesionales para la creación artística en Costa Rica. Allí toma una decisión que redefine su vida: abandonar los estudios de Medicina para dedicarse por completo al teatro.
No se trata únicamente de un cambio de carrera, sino de romper con el camino previsto para asumir una vocación incierta.
El teatro se convierte en su primera escuela de disciplina, trabajo colectivo y comprensión del conflicto humano.
Como él mismo afirma:
"El teatro me enseñó el rigor del conflicto humano."
Y añade:
"El teatro es una forma de profundizar en conocer al ser humano."
Sin embargo, ese lenguaje comienza a resultarle insuficiente. El escenario ya no alcanza para las historias que desea contar ni para la dimensión histórica que empieza a imaginar.
El teatro no representa un destino final, sino el punto desde el cual comienza la siguiente expansión.
Tercer círculo: Istmo Films y la construcción de un cine posible
El paso al cine no llega como una evolución natural, sino como una ruptura.
Las posibilidades del teatro ya no bastan para responder a las inquietudes narrativas y políticas de una generación que buscaba contar la realidad centroamericana desde sus propios territorios.
De esa necesidad nace Istmo Films, una productora concebida para impulsar una mirada audiovisual propia desde Centroamérica, con historias contadas desde la realidad de la región.
Era un tiempo de enorme precariedad técnica y económica. En Costa Rica prácticamente no existía industria cinematográfica.
Castillo resume aquella realidad con una mezcla de humor y asombro:
"¿A quién se le iba a ocurrir hacer cine en este país? A nadie."
Cada producción implicaba resolver problemas que normalmente ya estaban resueltos en otros países.
Como recuerda:
"Había que crear una estructura dentro de los Estados Unidos para poder hacer todos los trabajos de revelado y copiado."
El cine dejaba de ser únicamente una forma de expresión artística para convertirse también en infraestructura, gestión, negociación y riesgo permanente.
En ese contexto surgen proyectos como Patria libre o morir y El Salvador vencerá, donde la cámara no solo registra la historia: participa de ella.
Cuarto círculo: filmar un país
Con La Segua (1984) y Eulalia (1987), el cine costarricense comienza a demostrar que puede dialogar con el público nacional y proyectarse internacionalmente.
Ambas películas representan un momento decisivo: ya no se trata únicamente de producir cine, sino de consolidar una cinematografía capaz de construir imaginarios propios.
Pero detrás de cada largometraje permanece una realidad menos visible.
Cada proyecto exige conseguir financiamiento, formar equipos, negociar apoyos y sostener una producción en un entorno donde las condiciones siguen siendo frágiles.
Castillo lo resume con sencillez:
"Todos los proyectos fueron difíciles. Es innombrable."
Y recuerda otra dimensión pocas veces contada:
"Hubo proyectos por los cuales luché durante muchísimos años… y no se lograron hacer."
La historia de un cine nacional también se escribe con las películas que nunca llegaron a filmarse. Esas obras imaginadas forman parte de una memoria silenciosa que habla tanto de las limitaciones estructurales como de la persistencia de quienes siguieron intentando construir una industria donde casi no existían condiciones para hacerlo.
Quinto círculo: el arte como responsabilidad
En la parte final de la conversación, la reflexión abandona la trayectoria personal para situarse en una pregunta más amplia: ¿para qué sirve el arte?
La respuesta de Castillo es clara.
"El arte no es una manera de satisfacer las aspiraciones personales o el ego, sino debe estar al servicio de los demás."
También advierte sobre el riesgo de un arte encerrado en sí mismo.
"Hay un círculo de satisfacción que se satisface entre sí."
En tiempos donde la tecnología permite filmar con un teléfono celular, insiste en que la verdadera pregunta ya no es técnica.
"Con un teléfono se puede hacer una película, pero hay que preguntarse qué voy a decir, por qué lo voy a decir y a quién se lo voy a decir."
Y concluye con una interrogante que resume toda su filosofía creativa:
"Yo quiero decir, hablar de mí… ¿pero a quién le interesa?"
Más que una respuesta, deja abierta una reflexión sobre el compromiso del creador con la sociedad.
La onda que permanece
Cada película realizada, cada proyecto inconcluso y cada generación que encontró inspiración en su trabajo forman parte de un mismo movimiento de expansión.
En esa lógica que da nombre a Círculos concéntricos, Óscar Castillo no aparece únicamente como uno de los pioneros del cine costarricense, sino como una figura cuya influencia continúa irradiándose sobre quienes hoy hacen, estudian y piensan el audiovisual en el país.
Por ello, el Costa Rica Festival Internacional de Cine (CRFIC), organizado por el Ministerio de Cultura y Juventud, a través del Centro Costarricense de Cine y Audiovisual le rinde homenaje como uno de los arquitectos fundamentales de la cinematografía nacional.
Porque, en el cine como en la memoria de un país, nada termina donde ocurre. Las imágenes siguen viajando mucho después de que se apagan las luces de la sala. Algunas vidas también. La de Óscar Castillo pertenece a esas que continúan expandiéndose en la cultura costarricense, no como un recuerdo inmóvil, sino como una onda cuyo eco sigue alcanzando nuevas generaciones.
FICHA BIOGRÁFICA
Óscar Castillo Herrera
Es una de las figuras fundamentales en la historia del cine costarricense y centroamericano. Director, productor, gestor cultural y pionero del cine independiente en la región, su trayectoria abarca más de cinco décadas de trabajo en teatro, cine y televisión. Inició su camino en el ámbito cultural durante las décadas de 1960 y 1970, vinculado al desarrollo del teatro costarricense y a procesos de transformación artística impulsados desde la institucionalidad cultural.
Su paso por la Compañía Nacional de Teatro marcó una etapa clave en la renovación del pensamiento escénico en el país. A mediados de los años setenta, impulsó la creación del cine independiente en Costa Rica, cofundando Istmo Films y participando en la apertura de la sala Garbo, espacios fundamentales para la producción y exhibición cinematográfica alternativa en la región.
Su obra cinematográfica está profundamente ligada a los procesos políticos y sociales de Centroamérica. En 1979 dirige Patria libre o morir, filmada en el contexto de la Revolución Sandinista, consolidando una mirada de cine comprometido con la realidad histórica. En la década de 1980 realiza dos de las películas más emblemáticas del cine costarricense: La Segua (1984), considerada un hito en la construcción de una cinematografía nacional, y Eulalia (1987), obra que logró una fuerte conexión con el público y evidenció el potencial del cine local.
Durante los años noventa amplía su campo de acción hacia la televisión, donde desarrolla una prolífica producción que supera los mil episodios en series de carácter popular, consolidando una relación directa con el público costarricense. Su trayectoria incluye también la realización de documentales, proyectos educativos y trabajo internacional, particularmente en Europa, lo que enriqueció su visión del cine como lenguaje y como industria. A lo largo de su carrera ha enfrentado importantes desafíos, entre ellos la falta de financiamiento, la inestabilidad de la industria audiovisual y la imposibilidad de concretar diversos proyectos. Sin embargo, su perseverancia y compromiso han sido constantes.
Óscar Castillo Herrera es reconocido no solo por su obra, sino por su aporte al desarrollo del pensamiento cinematográfico en la región, su impulso a la producción independiente y su influencia en nuevas generaciones de realizadores. Su legado constituye una pieza esencial en la memoria cultural y audiovisual de Costa Rica.
Entrevista, investigación y texto: José Bermúdez Villalobos
