A Thousand Girls Like Me: La imagen verdad

Por Yoshua Oviedo

Estos productos comunicativos han sido escritos por profesionales costarricenses que han participado en el Laboratorio de crítica cinematográfica del CRFIC. Las opiniones aquí reflejadas son exclusivas de los críticos y no necesariamente representan la posición del festival.

En el 2009, en Afganistán, se cambiaron algunas leyes para posibilitar que las mujeres pudieran denunciar a quienes les cometieran abusos sexuales. Antes, además de ser víctimas de abuso, eran acusadas por crímenes morales o por tener relaciones ilegalmente. En teoría, esto supondría un avance en términos de igualdad y defensa de derechos. Sin embargo, las víctimas seguían sin denunciar o, si lo hacían, el sistema se encargaba de que sus reclamos fueran fútiles.

Para el 2014, Khatera, una joven afgana de 23 años, denuncia las continuas violaciones que ha sufrido por parte de su padre, quien también es el progenitor de la hija de Khatera y del hijo no nacido que lleva en su vientre. Al inicio, la denuncia no fructifica, pero cuando cuenta su historia en televisión nacional, todo cambia.

Es ahí cuando Sahra Mani se entera de la situación de Khatera y decide conocerla. La joven le hace una solicitud explícita: quiere que Mani haga una película sobre su vida. Meses después de considerarlo, Mani decide filmar A Thousand Girls Like Me (2018), su ópera prima.

Mani también es afgana y como mujer sabe las difíciles condiciones para vivir y ser independiente en Afganistán. De niña, su familia emigró a Irán, donde su situación no mejoró, ya que ahí sufría de xenofobia y las leyes iraníes no permiten que los afganos estudien o trabajen. Amante de los documentales, con 22 años emigró a Inglaterra, donde complementó sus estudios en fotografía y periodismo con el cine.

En una época en la que existe una cámara en casi cualquier lugar, grabando y registrando cada movimiento que se hace, este documental adquiere una relevancia superlativa, en el contexto de un país tradicionalmente reacio a mostrarse al mundo exterior. Por ello, no es menor el hecho de que sea a través de la imagen televisiva que el caso de Khatera haya cobrado importancia, primero nacional y, luego, con este documental, internacionalmente. Como lo indica el título y lo expresa la protagonista, su experiencia es la de miles de mujeres; pero al seguir el camino legal como corresponde, se topa con la displicencia de un sistema abúlico. Esta situación le hace decir que “si los talibanes estuvieran en el poder, ya le habrían hecho justicia”. Es la televisión la que le da un sentido de validez a su historia, ahora ya no es un caso aislado, se trata de un juego político. Su imagen proyectada en miles de pantallas llega a diferentes hogares, el tabú del incesto y la violación se revela en su forma más cruel y real.

En esta era digital, el poder del medio televisivo es decisivo para conocer los sucesos. Con la rápida forma en que se propagan los videos en internet, y la facilidad que permite la televisión de mostrar una acción a millones de espectadores, el concepto de verdad se redefine, en tanto la imagen en pantalla genera una opinión, un juicio de valor inmediato. El gobierno afgano ya no podía omitir la denuncia de Khatera, como lo hizo con otras tantas declaraciones que se perdían en columnas de papel o quedaban relegadas a gavetas que nadie abría.

Mani no parece percatarse de esta situación y su abordaje documental es más convencional. Su cámara sigue a la protagonista, hay una cercanía con ella, su madre y la hija-hermana; aunque acierta en el respeto con el que muestra a estas mujeres y la sensibilidad para dar a conocer su historia sin caer en el amarillismo.

El documental impacta por la presencia misma de Khatera y por cómo dice lo que piensa. En un momento, mientras sostiene a su hijo, manifiesta su deseo de suicidarse y acabar con la vida de ambos. En otro, es su madre la que espeta lapidariamente a su hija: “lleva los mismos genes que su padre”, a raíz de los conflictos que se generan cuando la historia se hace pública y no les permiten alojarse tranquilamente, por lo que tienen que ir de una casa a otra, escapando tanto de los tíos de Khatera como de la opinión pública.

Mani muestra dos ambientes, la vida familiar de Khatera y sus idas a los juzgados en busca de justicia. Así transcurren varios meses, en los que la hija va creciendo y su hijo nace. A pesar de darse a conocer por la televisión, su caso es diferente al de las películas y seriales, en la realidad, el culpable es más difícil de atrapar o queda impune.

El mismo documental puso en una situación difícil a los protagonistas y a la realizadora: un hermano de Khatera pide abiertamente a la directora que deje de filmar y se vaya. Mani y el equipo de rodaje tenían que huir junto con Khatera y la familia, cada vez que cambiaban de casa. Además, la cineasta recibió varias llamadas amenazándola, lo que le llevó a pasar tres semanas en Alemania para descansar.

El filme va adoptando un carácter combativo, se nutre de la convicción tanto de su protagonista como de su directora. Por momentos, parece que la única que cree en Khatera es Mani: “Vivo en una sociedad donde las mujeres no tienen un derecho básico para obtener una educación o un derecho básico para obtener un trabajo o incluso casarse por su elección. Ser feminista es la única opción para las mujeres que luchan por sus derechos básicos”, declaró la realizadora.

Desde los rechazos en los juzgados, el oprobio de sus vecinos y hermanos, hasta los inocentes reclamos de su hija, quien le llama hermana y no madre, el documental va evidenciando la situación de indefensión de la mujer afgana: “Cada mujer en esta ciudad tiene cien dueños”, reclama Khatera.

Al final, Khatera obtiene una repuesta favorable del juzgado, su padre es condenado, pero esto no termina con sus problemas. Sus tíos siguen buscándola para castigarla. Afganistán no es un lugar seguro, ¿alguna vez lo fue? Entonces, empieza otra lucha: obtener pasaporte para ella y sus hijos. Cuando se los dan, ella no aparece como la madre de sus hijos, sino como su hermana. Es cierto, porque comparten el mismo padre. Ella explica que es más fácil de esa manera, así, no le harán preguntas ni tendrá que explicar lo sucedido cuando salga del país. Queda claro que ella obtuvo un fallo a su favor en un juzgado pero, socialmente, se sigue negando la violencia que ella y tantas otras mujeres han recibido.

 

País: Afganistán-Francia

Año: 2018

Título original: A Thousand Girls Like Me

Dirección: Sahra Mani


 

Etiquetas: 
7CRFIC, Crítica