Restos de viento: Duelos precoces

Por Alonso Aguilar

Estos productos comunicativos han sido escritos por profesionales costarricenses que han participado en el Laboratorio de crítica cinematográfica del CRFIC. Las opiniones aquí reflejadas son exclusivas de los críticos y no necesariamente representan la posición del festival.

Las miradas infantiles suelen ser reducidas a su pureza. Su representación, la mayor parte del tiempo, tiene que ver con la añoranza a su sentido de asombro y carencia total de cinismo, pero pocas veces sus sentires son explorados a profundidad o puestos a prueba.

En Restos de viento (2017), Jimena Montemayor trasciende estos estigmas al confiar en la complejidad de sus jóvenes protagonistas para lidiar con vivencias desafortunadas.

Los hermanos Ana (Paulina Gil) y Daniel (Diego Aguilar) gritan y juegan en el bosque de manera despreocupada, pero en su diversión cala también el pesado bagaje que cargan.

Con la repentina muerte de su padre, el duelo reconfigura por completo la dinámica familiar, en donde su catatónica madre (Dolores Fonzi) resalta por su ausencia, y a los niños no les queda más que afrontar la obligación de seguir adelante.

Ante tal premisa, la interpretación entrañable de los roles se vuelve integral para un efectivo núcleo emocional, y en esta arista Montemayor destaca.

Su dirección actoral exalta de manera matizada y orgánica la desolación que carcome a sus personajes, pero nunca los reduce a meras víctimas. Por el contrario, los niños del filme mantienen sus ocasionales destellos de imaginación, los cuales sirven como un ancla de esperanza en medio del ominoso entorno.

Su evolución queda retratada con sagacidad por el lente de María Secco, cuyas texturas cálidas y progresiva reducción de la profundidad de campo enaltece la intimidad de las situaciones.

En lo que avanza el metraje, la atmósfera melancólica se hace más opresiva y las perspectivas más sesgadas, pero la caracterización estimable de Ana y Daniel se mantiene constante, al punto de delegarles la palpable resolución emocional.

A pesar de la maestría con que plasma sus sutilezas, Restos de viento no evade por completo los lugares comunes del coming-of-age.

Durante la mayor parte del metraje su narrativa se construye desde lo sugerido, por lo que la necesidad del guion por materializar el dolor en un espectro se torna sumamente cuestionable. Más allá del ruido que genera su inserción con el resto del tratamiento, la metáfora que sugiere, peca por el subrayado innecesario en una propuesta que es memorable por su finura. Lo mismo sucede con algunos diálogos hacia el final de la película, que parecen desconfiar de la capacidad de discernimiento del espectador.

Restos de viento encuentra su valor, entonces, en un compromiso estético absoluto hacia las complicadas emociones de sus jóvenes protagonistas, donde inocencia y madurez dialogan y se intercalan en un nebuloso momento de autodescubrimiento.

Genuina, envolvente y con un gran tacto, la cinta mexicana trasciende sus tropiezos en la obviedad y consolida un refrescante acercamiento a la pérdida que reivindica las perspectivas de la niñez.

 

País: México

Año: 2017

Título original: Restos de viento

Dirección: Jimena Montemayor

 

Etiquetas: 
7CRFIC, Crítica