Long Day's Journey Into Night: traducciones de lo indescifrable

Por Luciana Gallegos

Estos productos comunicativos han sido escritos por profesionales costarricenses que han participado en el Laboratorio de crítica cinematográfica del CRFIC. Las opiniones aquí reflejadas son exclusivas de los críticos y no necesariamente representan la posición del festival.

“La primera vez que quise ver Stalker [Tarkovski, 1979] fue porque el director se parecía a mi abuelo” — Bi Gan

Aunque quizá muchos directores han expresado que apoyan el acto de dormirse al ver películas, incluidas las suyas, cuando pienso en esa postura tengo tres nombres en mente. El primero es Apichatpong Weerasethakul, director tailandés, quien en la edición del Festival Internacional de Cine de Róterdam (IFFR) realizada en el 2018 colaboró en la creación de SLEEPCINEMAHOTEL, un “experimento inmersivo de cine-sueño” en el cual algunas personas podían dormir en un espacio donde se proyectarían ininterrumpidamente clips de documentales elegidos por Weerasethakul (nubes, botes, animales durmiendo, paisajes, tomas del mar). “Siempre he creído que nosotros mismos poseemos el mejor cine”, ha dicho el director, quien valora el sueño como una oportunidad para liberarse del control externo e interno, y recomienda relajarse e incluso dormir al ver sus obras. “Dormidos, formamos parte de otra clase de creación cinematográfica”. Segundo, Tsai Ming-liang, realizador taiwanés a quien no le molesta si su cine provoca sueño en algunas personas. “De hecho, justo antes de que me llamaras estaba viendo una película de Bollywood pero me dormí —afirmó en una entrevista—. También me duermo viendo películas de kung fu. No tiene nada que ver con su calidad; solo es un hábito mío”.

Y el tercero es Bi Gan, originario de Kaili, un municipio de clima húmedo en la provincia Guizhou, de la República Popular China, quien trabajó como minero, poeta y camarógrafo de bodas antes de probarse como director de cine con dos largometrajes imponentes: su debut, Kaili Blues (2015), y el más reciente Long Day’s Journey Into Night (2018). “Creo que se siente bien cuando uno duerme durante una película —dijo el director chino—, y yo lo hago frecuentemente. Creo que Solaris [Tarkovski, 1972] es una buena opción para hacerlo”. En el caso de Bi Gan, las asociaciones entre el sueño, los sueños y el cine no se reducen a la idea de quedarse dormido frente a una pantalla, si bien eso es justamente lo que parece hacer el protagonista de Long Day’s Journey Into Night, Luo (Huang Jue), poco después de acomodarse en la butaca sucia de un cine. Luo se sienta, se pone sus anteojos para 3D (en un cine quizá porno) y apoya su cabeza en una columna a su izquierda. Frente a él, un espectador tiene los ojos cerrados y los pies sobre otra butaca. Las luces del cine se apagan y en la oscuridad aparece el título de la película: Long Day’s Journey Into Night. Ese momento, que llega a los setenta minutos, es la marca divisoria entre dos partes de la película. La primera más fragmentaria, guiada por la memoria del melancólico Luo, con elementos de cine noir llevados al ambiente de ruralidad subtropical que conocimos en Kaili Blues; la segunda sin cortes, un plano secuencia de aproximadamente una hora (disponible en 3D) , que podría ser un sueño en tiempo real del protagonista, dormido en el cine.

De hecho, resulta casi inevitable leer o pensar sobre las películas de Bi Gan sin la analogía relativa a los sueños. Es entendible. Una sensación de desintegración caracteriza tanto Kaili Blues como Long Day’s Journey Into Night, e incluso obras cortas del director, como The Poet and Singer (2012) y un anuncio de 84 segundos hecho para el Festival de Premios Caballo de Oro de Cine de Taipéi. ¿Lo que vemos es rememoración, un sueño, una realidad alternativa imaginada, un falso recuerdo, una combinación de lo anterior? Lo narrativo, sin ser inexistente, es difuso y desorientador. Aunque entiendo el impulso de buscarle orden o sentido a cada detalle de la “trama”, creo que lo más disfrutable es “dejarse llevar” por los movimientos de cámara, por las luces neón, por la atmósfera nocturna y lluviosa, y por las sorpresas que produce el plano secuencia. Durante esa toma contínua se asoma la curiosidad pragmática: preguntarse cuáles herramientas y cuántas tomas fueron necesarias para llegar al resultado final. (Steadicams y drones. La octava fue la vencida.) También está presente el placer de la subversión de expectativas. Por ejemplo, cuando, durante ese plano secuencia, Luo se traslada por canopy hacia un edificio distante. En lugar del descenso rápido que uno podría esperar, el recorrido toma más de dos minutos y medio.

Tanto en sus largometrajes como en la información que da a la prensa, Bi Gan cita a la gran variedad de artistas que han contribuido a su sensibilidad: Tarkovski, Lynch, Apichatpong, Wong Kar-wai, Alfred Hitchcock, Billy Wilder, Paul Celan, Patrick Modiano. Algunas de las referencias que lo inspiran se anuncian desde los títulos originales de sus dos películas. La versión en chino del título de Kaili Blues se debe a la novela Roadside Picnic (1972), escrita por Arkady y Boris Strugatsky, reconocida por ser una fuente que inspiró Stalker (1979), de Tarkovski. El título en chino de Long Day’s Journey Into Night —en lugar de referir a una obra de Eugene O’Neill, como sucede con su versión en inglés— alude a Últimos atardeceres en la tierra, un cuento del escritor chileno Roberto Bolaño.

¿Con apenas dos largometrajes, sería razonable pensar que uno conoce el estilo de Bi Gan? Seguramente no. Aun así, me sorprendería si en su siguiente película el título aparece en pantalla durante los primeros minutos. Es difícil llegar a una película sin expectativas o convenciones en mente, pero aferrarse a ellas de forma inflexible puede impedirnos apreciar lo que tenemos en frente. Si alguien espera firmemente que Long Day’s Journey Into Night cumpla con las convenciones de una comedia romántica, por ejemplo, es probable que se frustre o decepcione. Tal fue el caso de miles de personas que, durante la última noche del 2018, compraron entradas al cine guiadas por una estrategia de mercadeo que promocionaba los aspectos supuestamente “románticos” de la película. “Aquellos que dicen que el filme tiene significados artísticos que nosotros somos incapaces de entender, por favor vayan a comer mierda”, declaró un espectador insatisfecho. Para cierto tipo de cine es particularmente importante estar dispuesta a sentirse desubicada, a maravillarse sin importar si los hechos son claros, inteligibles o fáciles de categorizar. “Bueno, recomendaría relajarse y no esperar nada—compartió Apichatpong cuando le pidieron sugerencias para disfrutar su cine—. Es como cuando uno va a otro país. Algunas personas, cuando viajan, consultan guías elaboradas, como Lonely Planet. No hagan eso con mis películas. Solo disfruten el paisaje, disfruten lo sensorial: el sonido, la imagen”.

 

País: China

Año: 2018

Título original: Di qiu zui hou de ye wan

Dirección: Bi Gan

Etiquetas: 
7CRFIC, Crítica