Ana Endara, directora de La felicidad del sonido: “La película nació del corazón roto de un amigo”

Ana Endara es egresada de dirección en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de Los Baños, en Cuba (EICTV). Después de trabajar unos años en una agencia dedicada a la producción de comerciales, empezó a realizar de manera independiente documentales y proyectos audiovisuales, fundamentalmente para distintas agencias de cooperación y desarrollo. En diciembre del 2016 estrenó su más reciente producción “La Felicidad del sonido”, ganadora del programa Doctv Latinoamérica.

¿Cómo llega al tema del sonido?

Yo quería aplicar a DocTV, que saca una convocatoria que por primera vez en 5 años tiene un tema preciso, que en este caso era la felicidad. Yo necesitaba pues rodar, hacer una película, así que empecé a pensar en el tema. Es raro que te pongan uno. Un día fui a la casa de Amir que tenía el corazón roto porque acababa de terminar una relación; yo solamente fui a darle compañía. Él se había comprado, en su despecho, unas bocinas de alta fidelidad y se estaba dedicando a sonar música para sanar su corazón. Me contó ese día la historia de cómo consiguió las bocinas, que son especiales porque como que registran tales frecuencias, que las encontró usadas por medio de un sitio y que fue a casa de este señor que es lo que se dice un audiólogo, un amante de la calidad del audio. Se me ocurrió en ese momento el título de de “La felicidad del sonido”. DocTV te da un plazo muy ajustado así que tenía que terminar la película en un mes de rodaje para poder dedicarle cuatro meses a la edición. Así que comencé a construir una estructura coral con varios personajes que tuvieran una conexión o relación especial con el sonido.

Los personajes dan diferentes aportes al documental…

El documental es una oda al sonido y cada personaje es un instrumento para esta fábula que se cuenta. Yo soy muy cercana a muchos de los personajes de la película. La persona que va a poner la radio en el pueblo de Tucué se llama Mir, es un amigo de más de 20 años. Irving tiene una afición por la radio, es quién tenía este proyecto de radio comunitaria,  con él iniciamos la grabación y ese iba a ser el hilo conductor en donde él iba a este pueblo y veíamos cómo surgía esta radio. De ahí decidí incorporar a Eduardo que también conozco de hace rato, yo conocía que él salía a repartir música “no tradicional” a los barrios. Después Irving me dijo que tenía que conocer a su hermano Derek que es audiófilo y cuando lo conocí me di cuenta que él armaba su propio equipo, y al final resulta siendo un gran filósofo. Además, quería incluir una persona no vidente porque es bastante obvio pensar en la relación que tienen con el sonido y como es una de las formas en las que más se absorbe la realidad.  Entonces para encontrar a Magdalena hicimos un casting en una unión de ciegos en Panamá; la conversación que tuve con ella me resonaba en la cabeza, comenzamos a hablar de ranas y de los sonidos que hacen las ranas, comenzó a imitar los sonidos y cuál es la rana favorita… así que decidí incluirla a ella sin saber cuál era la misión, de alguna manera ella era una presencia sensorial, que lo es. Igmar, que es otro personaje que tiene mucha presencia en la película también quedó por un poco de casualidad; yo llegué a él porque Eduardo tocaba en un grupo y yo quería filmar un ensayo. Esa tarde tuve una conversación con Igmar, la filmamos. Él es músico y sonidista, también fue muy fácil hablar con él sobre el tema.

¿Hay una intención de proponer este como un camino más para ser feliz?

Sí, puede ser. Pero también hay que dar paso a la tristeza, que eso es algo muy bonito de documentar y que lo descubrí haciéndolo. Se llama “La felicidad del sonido” pero también se habla sobre la tristeza y el silencio. Es una película muy abierta que busca despertar algo personal, no hay una agenda sino que busca la participación.

¿Porqué blanco y negro?

Hacer un documental sobre el sonido fue la excusa perfecta para experimentar con algo que tenía muchas ganas de hacer. Yo con Víctor Mara, que es el cinematógrafo de la película, había hablado mucho del blanco y negro y de lo que nos gustaba. Vimos muchas películas en blanco y negro de referencia y realmente este era el tema que se adaptaba.

¿Se tomaron otras decisiones técnicas por la temática?

Todos los personajes están rodados en sus espacios, pero Magda sí hizo un recorrido por diferentes paisajes sonoros para que ella fuera los oídos que nos guiaban en el viaje a estos lugares. Otra cosa intencional en la película es el contraste entre el silencio del campo en Tucué y el caos de la ciudad.

¿Cómo reacciona la gente luego de enfrentarse a una película que se enfoca en el ambiente sonoro?

Yo creo que el sonido es un poco la capa obvia. Una de las cosas más lindas que me han dicho de la película es que era una película un poco como, sanadora. En Panamá hay un montón de cosas que no están bien y yo creo que quizá esta película es un poco reconciliarme un poco con mi país. Me parece que llegamos a personajes entrañables y que se retrataron dignamente y en su forma tan peculiar de ser. Otra de las reacciones es que es una película, no que te hace feliz, sino que te hace sentir bien. Me gustó reflexionar sobre que la película nació del corazón roto de un amigo y que de alguna forma puede tener relación con que se volviera un ungüento sanador.

El documental se acerca al tema de las radios comunitarias…

Lo que sucede en Panamá es que las frecuencias tienen pocos dueños, son grandes corporaciones. No hay una legislación sobre radio comunitaria, hay un limbo legal. Entonces cuando una persona tiene una radio como esta, no le dicen comunitaria, le dicen pirata, que roba frecuencias. La pregunta es un poco: ¿robar frecuencias a quién?, ¿por qué una comunidad no tiene derecho a adueñarse de una frecuencia para comunicarse entre ellos? Ojalá el que se abordara un poco ese tema, sea una semilla para que llegue a darse otro documental sobre el derecho que tenemos sobre una herramienta como la radio.

El bombardeo visual en la actualidad es abrumador ¿Es este documental una crítica a la “sociedad de la imagen” en la que vivimos?

Sí. Yo creo que la vista es algo que está ahí siempre como preponderante en primera instancia siempre. La dictadura de lo visual. El sonido es muy espiritual y un poco está ese subtema. Si haces el ejercicio de escuchar lo que está pasando instantáneamente te ancla al momento, automáticamente dejas de pensar en lo que pasará o en lo que pasó y solo escuchas el momento. Eso es una pausa que se necesita a nivel individual y a nivel social y que nos haría mejores personas.

¿Hubo complicaciones en la producción?

Este es el tercer largo documental que yo hago. Ahora yo hago esa pausa también de la que hablamos. Me siento agradecida porque comienzo a darme cuenta de cosas aprendidas que se comienzan a poner en práctica. Una de esas cosas es el equipo humano con el que se hizo este documental, ese es uno de los mayores logros. Tener gente que está trabajando en la película, completamente conectados durante el mes de rodaje que teníamos fue clave y habían cosas en papel pero hubo mucha improvisación. Cosas que se comunican sin decirlas. Por ejemplo, Magda cantando; mi plan era otro totalmente, pero cuando lo grabamos no conectaba y en un momento ella dijo: “les voy a cantar una canción”, en ese momento se prendió un aire acondicionado, la productora corre para que lo apaguen y lograr salvar la mayoría de la canción. Que todo el mundo esté conectado.