Erick González, distribuidor latinoamericano: “El gran primer paso era aparecer”

Por Bértold Salas Murillo, participante del Laboratorio de Crítica y Periodismo Cinematográfico

Erick González es una suerte de ingeniero: construye puentes que unen a cineastas con sus públicos alrededor del mundo. Su vocación es la de encontrar aliados para las ideas, públicos para las películas. Trabajar para que el cine “suceda”. Su tesón le ha llevado a participar en decenas, acaso centenas de festivales alrededor del mundo: solo en 2015 asistió a 25 de estos encuentros. Este diciembre fue el turno del CRFIC 2016, en el que funge como miembro del jurado de la Competencia internacional de largometraje.

Su trayectoria le convierte en una voz experta para hablar de la situación del cine latinoamericano, en particular respecto a los que son sus temas de interés: el apoyo a los cineastas de América Latina en los procesos de producción y distribución.

Su hoja de servicios está ligada a los festivales cinematográficos…

Sí, desde que comencé a hacer voluntariado en el Festival de cine de Toulouse, tres años antes de que me confiaran la dirección de su programación. Casi al mismo tiempo, por ahí por 2009, comencé a trabajar en el festival de cine de Valdivia, en el que dirijo actualmente el espacio de industria, que se llama AUSTRALAB.  

¿En qué consiste este espacio?

Se trata de trabajar en las películas antes de que estén acabadas, para que mejoren su calidad o encuentren más fácil el financiamiento. Un espacio de industria puede ser un work in progress: películas que aún no están terminadas, pero que tienen ya un “corte” (un primer montaje), y este se muestra exclusivamente a otros profesionales para buscar algún tipo de alianza o financiamiento. También puede ser un encuentro de producción, al que asisten directores y productores, en ocasiones con un proyecto que está aún en su etapa de escritura, incluso apenas con un primer tratamiento. En este caso, el objetivo es que estos creadores presenten el proyecto a gente que podría invertir, o verificar si hay algún fondo internacional que podría apoyar el proyecto. También existen los Labs [de laboratorio], es decir, los espacios de formación, de tutoría o de reflexión, para que algunos directores o productores puedan entender o tener una retroalimentación de gente que quizás tenga más experiencia. El espacio de industria está dirigido específicamente a personas que trabajan en cine. En el caso de AUSTRALAB, hablamos de 12 proyectos latinoamericanos cada año y un grupo de unos 15 distribuidores.

¿Reconoce algún tipo de evolución en los siete años que ha organizado este espacio de industria?

Es un período muy corto, pero sí. Hay una profesionalización del oficio muy rápida y un crecimiento en el volumen de la producción, principalmente en América Latina. Hoy día los productores y directores latinoamericanos entienden mucho más cómo funciona esto a nivel internacional. En muchos países se aprobaron leyes del cine, comenzaron a aparecer los fondos y las subvenciones estatales. Todo eso provocó un cambio en los modos de producción y por tanto también en los festivales y en las necesidades de distribución. En este sentido, AUSTRALAB es uno de los pocos espacios que aborda no solamente la producción, sino con lo que pasa una vez que la película está terminada. Quiero decir que el tema de la producción está bastante más resuelto que el de la distribución: de alguna manera las películas se hacen, los financiamientos van apareciendo, existe la coproducción. Lo que está muy mal es el tema de la distribución y la exhibición: hacemos las películas, pero muy poca gente las ve.

Este trabajo en la distribución lo llevó a otro de los proyectos en los que participa, LARED…

En efecto, eso fue una idea que surgió en un workshop en el Festival de Valdivia, es decir, un grupo de profesionales de diferentes países latinoamericanos que trabajamos en esta etapa posterior a cuando la película está terminada. De allí nació LARED, un conjunto de distribuidores que se aliaron para tratar de adquirir, en bloque, los derechos de películas de interés que de otra manera no llegarían a la región, puesto que difícilmente serían rentables para los exhibidores de un solo país. En el caso de Costa Rica, estos distribuidores son Pacífica Grey. Para cualquiera de los países involucrados, comprar una película como la austríaca Paraíso: Amor, de Ulrich Seidl, que fue la primera que trajimos con LARED, habría sido muy oneroso: es un filme interesante, estuvo en la competencia oficial de Cannes, pero el director no es conocido, no obtuvo muchos premios, etcétera. Es decir, los espectadores no tendrán la oportunidad de verla en sus cines. Los distribuidores abaratamos costos con LARED: no es solamente el asunto de los derechos, sino las copias, el subtitulado y los materiales de promoción, que podemos elaborar en conjunto para los mercados de los seis países.

¿Cuál es el propósito de este trabajo?

El gran primer paso era aparecer, es decir, que América Latina exista como mercado para el productor alemán o el francés. En la actualidad, LARED trae dos películas por año, que es un buen número, pero pensamos aumentarlo. Por otra parte, trabajamos con un cine muy independiente: películas interesantes, pero más bien emergentes, que no pertenecen a los cineastas o a las cinematografías consolidados. De esta manera, la percepción de lo que es independiente se amplía, no es solamente los hermanos Dardenne, Almodóvar o Kitano, que no son directores de Hollywood, pero que dentro de los festivales o los premios son ya una especie de cineastas mainstream. La contribución es la de diversificar los contenidos. Es un pequeño aporte, pero es un aporte. E hilando más fino, esto conduce a algo que aún nos falta: la educación de las audiencias en cuanto a la imagen, y ojalá desde muy pequeñas.

Tomando en cuenta lo que ha podido conocer en otros países centroamericanos ¿qué le ha parecido el CRFIC?

No he visto todas las películas, pero me encuentro con gente que conoce y me dice que la programación está buenísima. Se nota el cuidado en la curaduría. Me parece muy bueno que todo esté cerca, de manera que la gente se cruza cuando va de una sede a otra. Hay espacios en los que la gente se reúne, se conoce, se generan empatías. Y esto de que no sean tantas salas, que no sean tantas películas, eso también es valioso, lo hace un festival abordable.

¿Tiene este festival espacios semejantes a los de AUSTRALAB?

Los tiene, sí. Vienes a ver no solamente películas, sino a encontrarte con gente, incluso sin que haya una cita previa. La gente que trabaja en cine independiente se maneja a partir de redes. Si tú vas a un festival, podés encontrar a gente de otros festivales. Justo ahora me encontré con una de las responsables del Festival de Locarno, que tiene un espacio de industrias. Unas semanas antes vi que por acá anda Paula Astorga, quien fue directora de la Cineteca en México, y por casualidad necesito verla, así que le escribí: “Mirá, nos vemos en Costa Rica”. Uno va a los lugares donde se siente que puede suceder algo. Cuando uno va a un festival es para encontrarse con gente que es interesante ver. Eso es un festival.